CARLOS BALL: Aumenta la moda de prohibir
Los ciudadanos esperamos, a cambio de los innumerables impuestos que pagamos --a la renta,
IVA, sobre las propiedades inmobiliarias, por bienes y servicios que adquirimos, al
viajar, al llamar por teléfono, etc.--, recibir en contrapartida la debida protección a
nuestra persona, nuestra familia y nuestra propiedad, además de total libertad para llevar
adelante nuestras vidas como queramos. El único requisito debe ser que estamos obligados a
respetar los mismos derechos de todos los demás, indiferentemente si son gente que nos
gusta o nos desagrada, viven cerca o lejos, pertenecen a nuestra misma raza, religión,
nacionalidad o a otras totalmente diferentes.
Lamentablemente, en el siglo XXI los gobiernos, lejos de fundamentar sus actuaciones y
encaminar la creciente burocracia hacia esos objetivos básicos, para así promover el
bienestar y la prosperidad general, se dedican por el contrario a promulgar complicadas
trabas, regulaciones, licencias y prohibiciones. Además imponen multas y severos castigos
a quienes que --sin haber perjudicado a nadie con sus acciones-- incumplen lo dispuesto por
burócratas y políticos que redactaron detallados y absurdos reglamentos, en base a su
propia ignorancia o para retribuir el apoyo recibido de grupos interesados, en recientes o
futuras campañas electorales.
Las prohibiciones siempre conllevan un alto costo, pero por eso mismo atraen tanto
interés de parte de políticos y burócratas, quienes saben que la creación de un nuevo
‘‘delito'' significa nuevos y mayores gastos en personal administrativo, policías,
inspectores, empleados de
tribunales, guardias de prisiones, etc. Es decir, mayor presupuesto para oficinas públicas
y mayor poder para quienes toman las decisiones políticas.
Ciertas prohibiciones no solamente cuestan dinero, sino vidas también. Un espantoso
ejemplo es el inmenso costo que hoy representa introducir un nuevo medicamento al mercado,
lo cual ha concentrado todas las investigaciones y desarrollo de nuevas medicinas en manos
de un pequeñísimo número de empresas multimillonarias. En Estados Unidos cuesta más de 800
millones de dólares y toma más de 10 años desarrollar un nuevo medicamento y lograr la
aprobación gubernamental para venderlo.
El químico francés Charles Gerhard desarrolló la aspirina en 1853 y desde 1899 se
conoce con ese nombre que le dio su principal fabricante, el laboratorio alemán Bayer. Las
actuales leyes y regulaciones impedirían que alguien pudiera ofrecer algo nuevo, tan
efectivo, eficaz y barato como la aspirina. Además, las actuales leyes prohíben informar
claramente para lo que sirven los nuevos medicamentos, para así evitar que la gente se
atreva a autorrecetarse, y por ello sólo tenemos acceso a largas y difíciles de entender
contraindicaciones y enfermedades que estos nuevos medicamentos nos pueden causar.
El argumento oficial es que esa es la manera de proteger al consumidor, cuando está
comprobado que los médicos a menudo recetan medicamentos para combatir enfermedades
diferentes a las designadas por las autoridades en sus permisos y certificaciones. Esto se
debe a que la información y el conocimiento cambian
constantemente, en todos los mercados, sea en la medicina o en la venta de cualquier cosa
y esa cambiante realidad de los mercados es exactamente lo opuesto a la visión de túnel de
los burócratas. Felizmente, los médicos --como todos los demás que no trabajamos para el
gobierno-- aprenden cosas nuevas todos los días, con sus nuevos pacientes, sus experiencias
en hospitales y conversaciones con otros colegas. Por ello, lo que ayer recetaban para un
mal hoy lo recetan para otra enfermedad totalmente diferente.
os permisos, licencias y regulaciones lejos de beneficiar al consumidor (es decir, al
ciudadano) lo perjudican, encareciendo o colocando fuera de su alcance bienes y
servicios que si no fuera por la maligna intervención oficial los podría adquirir y, así,
mejorar su nivel de vida. Si no me cree, tomemos de nuevo el ejemplo de las nuevas
medicinas: visite una farmacia y pregúntele al farmaceuta el precio de cápsulas o tabletas
vendidas únicamente bajo prescripción médica y que fueron lanzadas al mercado en los
últimos 3 o 5 años. ¿Exorbitante? La empresa farmacéutica está apenas reponiendo lo
invertido durante 10 largos años por culpa del gobierno y luego comenzará a obtener una
utilidad sobre esa inmensa inversión. Mientras tanto, los políticos prometen regalarnos
las medicinas.
Las prohibiciones que nada tienen que ver con el resguardo de los derechos
fundamentales del ciudadano existen exclusivamente para satisfacer la ambición de poder de
políticos y burócratas, quienes --además-- creen saber mejor que nosotros lo que más nos
conviene a cada uno.
Sí, son los mismos políticos que jamás cometerían el error de enviar a sus hijos a
estudiar en infames escuelas públicas.