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Teatro  

Punto de vista

Un Molière con chancletas de palo

Especial/El Nuevo Herald

Después de haber llevado este año a la escena del Teatro 8 obras tan complejas como Josefina la viajera y Lorca con un vestido verde, el director Rolando Moreno tiene todo el derecho a escoger un texto ligero y diáfano, cuya mayor virtud es la capacidad para hacer reír: El médico a palos, de Molière. ''Es un gran disparate'', anticipó el director al hablar de su nuevo espectáculo. Pero, aunque es cierto que en este estreno hay una gran dosis de nonsense, prefiero catalogarlo como un atrevido divertimento.

Moreno habría podido limitarse a fundir personajes y recortar la obra original, pero optó por hacer una adaptación libre y buscar equivalencias dentro de los personajes de la comedia de Molière con la tríada de arquetipos por excelencia del teatro bufo de Cuba: el negrito, la mulata y el gallego. Bajo esa perspectiva, el leñador Sganarelle se transforma en el limpiabotas Chiringüini, negrito fatuo, picaflor y con ínfulas de catedrático; la nodriza Jacqueline pasa a ser Caridad, la mulata coqueta y sandunguera, y el caballero Geronte deviene gallego avaricioso y crédulo, empeñado en casar a su hija por dinero.

En materia actoral, el mayor peso recae sobre Marcos Casanova. En las compañías de teatro vernáculo cubano, no cualquiera podía encarnar al negrito; era una ''especialidad'' que exigía, además de gracejo e inventiva escénica, la ligereza de un bailarín. En la cuidada caracterización de Casanova no faltan las erres exageradas y las silbantes eses, el ''aguaje'' de los ademanes, los ''ven acá, este niño'' ni los ojos muy abiertos para subrayar intenciones. De acuerdo: no se mueve como Carlos Pous ni improvisa como Enrique Arredondo, pero sale airoso del reto con un negrito pícaro y deslenguado, que logra imponerse desde que aparece ''desnudo'' en el escenario y resulta hilarante en su faceta de Doctor Chiringa. El absurdo diálogo utilizando solamente vocales me remitió al sainete El espiritista, presentado en el Teatro Martí de Dragones y Zulueta, donde el inolvidable Ramón Espígul (hijo) decía sus parlamentos mediante expresivos silbidos.

El rol de Martina, la esposa de Chiringüini, lo asume Mario Martín con un meritorio empleo de los recursos de la farsa. En tiempos en que el teatro de Miami padece un desafortunado exceso de travestismo, este cuidadoso trabajo es digno de resaltar. El rol se prestaba para todo tipo de excesos, pero, por fortuna, Martín prefirió eludirlos. La clave de su éxito se resume en dos palabras: malicia y comedimiento.

Jorge Hernández entrega un buen trabajo de voz y de expresión corporal. Aunque su Geronte tiene más de una similitud con el Polichinela que le vimos en Los intereses creados, logra sorprendernos con un personaje bien delineado, construido desde premisas estéticas muy diferentes. Sin embargo, debe sostener el acento del gallego, que a ratos extravía. Por su parte, Vivian Ruiz se apoya en su gracejo y en su oficio para sacar adelante a Caridad, pero aún puede enriquecer a su mulata con una mayor conciencia de su poderío sexual. Joel Sotolongo da la talla como Leandro: es orgánico y fluido en sus desplazamientos, maneja con soltura un texto complejo y transmite la ingenuidad del personaje. En cuanto al breve rol de Lucinda, es bastante insípido, pero Susy Leandro no hace mucho por condimentarlo.

La partitura musical de Lázaro Horta subraya la premisa paródica. Desde que se escucha la obertura de aire barroco, en la que, poco a poco, se reconocen los acordes de Kikiribú mandinga, el público intuye que lo están convidando a participar en un juego teatral transgresor. La escenografía de Moreno recrea la disposición de los telones que usaban en sus funciones al aire libre los cómicos ambulantes en la Francia de Luis XIV, delimitando un espacio escénico mínimo, que obliga a la frontalidad y propicia el intercambio de los intérpretes con el auditorio. Con su mezcla de diseños a la usanza del siglo XVII, jeans desteñidos, mantillas y chancletas de palo, el vestuario acentúa el carácter de pastiche.

Aunque el ritmo decaiga un tanto en la segunda mitad y aún falte limpieza en los movimientos del desenlace, el espectáculo logra su propósito de releer un clásico con una mirada lúdica. No apto para paladines de lo ''políticamente correcto'' ni para aquellos que busquen experiencias artísticas trascendentes, este desenfadado Médico a palos será bien recibido, en cambio, por quienes sean capaces de aceptar una fusión de la fisga de Molière con el choteo y el doble sentido propios del vernáculo cubano.• 


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